Es posible hacer un periodismo
informativo que no renuncie a contar historias. Esa tradición, que en los años
cuarenta y cincuenta tuvo en Meyer Berger una exponente central, se pierde hoy
entre una sucesión de informaciones imparables. Quizás haya que volver a los
clásicos: contar más historias y repetir menos novedades.
Los temas importantes en el Siglo 21
se diluyen por exceso y saturación, no por
silencio o blindaje.
Martín Rodríguez
Mochila
al hombro, guardapolvo tapando la camiseta de su equipo e indisimulables
ojeras. Así son las primeras horas de cada día de Mateo T. cuando, junto a su mamma, sale hacia la “Escuela
Marchessi” de Copparo, un pequeño y pintoresco pueblo de la Emilia Romagna.
Aunque, según dice, le gusta estudiar –y eso, en el caso de un chico, hay que
tomarlo con cautela– Mateo no es conocido por sus buenas notas sino por sus
errores.
Hace dos
meses, su maestra de grado, se sorprendió al momento de corregir su examen de
lengua. ¿Cómo son las
flores? – preguntó la señorita Margherita Aurora. Petalosas –respondió Mateo.
Aunque la profesora marcó la palabra como un error, al momento de devolverle la
prueba se acercó al niño: Si bien
no es una palabra aceptada, es una palabra muy bella.
La señorita Margherita se encargó de divulgar la equivocación de Mateo.
Llevó la palabra –tan poética como inexistente- hasta el Consejo
Municipal y pidió una revisión oficial. Creyó que merecía luchar por ella.
A los pocos días, el chico recibió
una carta con un membrete extraño: Accademia
della Crusca, vía di Castello, 46. Firenze. Al
abrirla, sentado al lado de sus padres, se sorprendió. Quién le escribía era,
Maria Cristina Torchia, la consejera lingüística de la Crusca.
“Querido Matteo. La palabra que
has inventado es una palabra bien formada y podría ser usada en italiano, como
son usadas otras palabras formadas de la misma manera. Tú has puesto juntas
pétalo+oso=lleno de pétalos, con muchos pétalos”.“Si logras difundir tu voz
entre muchas personas para que empiecen a decir ‘¡Qué petalosa es esta flor!’,
entonces petaloso/-a se habrá convertido en una palabra en italiano“.
Hoy, la Academía de Letras de Italia
planea incorporar petaloso al diccionario oficial.
Esta historia se hubiese perdido si
no existiesen, todavía, periodistas decentes, gente ocupada en momentos que, a
primera vista, parecen menores. Sin esos profesionales de la palabra, dedicados
a transmitir instantes mágicos de una manera igualmente mágica, la prensa
acabaría en un instante.
"LOS PERIODISTAS SOLEMOS AMPLIFICAR ASUNTOS
LEJANOS QUE DIFÍCILMENTE PODEMOS MODIFICAR"
Los periodistas solemos amplificar asuntos lejanos,
complejos problemas que, difícilmente, podemos modificar o transformar. Estamos
aturdidos por noticias indeseables y sobre indeseables, ocupados en tramas
secretas, cuentas offshore, mafias y corruptelas. Nos interesa, y hacemos bien,
la noticia de turno: el casamiento del político tal o la suba de los impuestos
de aquel poderoso país. El momento del mundo, lo sabemos, no es el mejor: hay
yihadistas que filetean enemigos como a animales, líderes obreros forrados con
dinero de los contribuyentes, fascistas que, disfrazados de demócratas,
promueven las más oscurantistas políticas para los problemas cotidianos. El que
nos toca, como periodistas, es un mundo cruel: en definitiva, buena materia
prima. Es necesario recordar, sin embargo, que el periodismo no es repetir
sucesos sino transmitir historias. Los cables y las gacetillas de prensa no
pueden suplantar a una profesión que siempre coqueteó con la literatura.
En medio de
esta maraña de noticias e informaciones, leer a Rodolfo Walsh –no la Carta que
suele exhibirse por motivos que exceden la calidad periodística– sigue siendo
un placer. El país
de Quiroga o El
expreso de la siesta –publicados en la revista Panorama– son textos
puros y duros, con investigación y estilo, no aptos para quienes busquen
ideologismos y justificaciones para alzar puños o proclamar verdades parciales. El Buenos Aires de Oberdán
Rocamora de Jorge
Asís (que contiene historias como Cita en
Primera Junta o Cine nacional: poco pero malo),
es otra joya que no deberíamos evitar. El buen periodismo no conoce ideologías.
Mientras creamos que textos
impecables como “Nixon, Kruschev y la cocina de Moscú” de Hinde Pomeraniec, o
artículos como los de Juan Terranova – hay que leer Sexo, nazismo y astrología -,
Hernán Vanoli, Martín Rodríguez, Alejandro Galliano y Luciano Chiconi – autor
de un libro exótico y brutal como Obras
Públicas -, tienen menos importancia que el suceso que
titula la prensa del día, el periodismo como oficio narrativo morirá lentamente.
La tradición del periodismo que
informa y cuenta no es novedosa. Hay estilos y temas. Historias antiguas
rescatadas del baúl de los recuerdos, noticias del día, narraciones sobre
personajes extraños. Lo que importa, a la hora de escribir, es el estilo.
"BERGER CAMINABA, PERMANECÍA CERCA DE LAS
COSAS. NO EXTRAPOLABA NI DEDUCÍA. A ESO SE LE LLAMABA PERIODISMO"
Meyer Berger, un hombre tan polifacético
como riguroso, dedicó toda su vida a relatar historias de su ciudad. Nacido en
1898, fue un neoyorquino de pura cepa, un enamorado de los tiroteos, los
gangsters, el jazz y el whisky; un periodista inquieto que prefería sentarse en
su escritorio solo luego de haber pasado el día entero en la calle.
En solo un rato escribía una columna que
era, de manera invariable, publicada al día siguiente. Como contó alguna vez
Enric González ninguno de sus lectores, y eran millones, pudo adivinar por sus
artículos si era conservador o progresista, si pensaba esto o aquello.
Conseguía datos, los verificaba y escribía. Caminaba, hablaba, permanecía cerca
de las cosas. No extrapolaba ni deducía. La de Berger – y la de González – es una excelente lección
de periodismo para los tiempos que corren.

Meyer Berger escribió miles de
historias para el New York
Times. Aunque cubrió el fin de Al Capone con dieciséis
historias y escribió con trazo fino un informe sobre el asesinato del gangster
Abe Reles (cayó desde el sexto piso del hotel Half Moon), nadie consideró
que esos sucesos nacionales eran más o menos importantes que el resto de
historietas que contaba en escasos caracteres. Esas vidas anónimas – como la
del relojero Rudolph Lamm, el señor Munang (un peluquero descendiente de una
tribu de Borneo), la señora Mary Elizabeth Banta (maestra de inglés a los
asiáticos del Chinatown)-, tenían una música propia. Una de sus crónicas,
la de Oscar England, un músico ciego que murió accidentado en el subte de Nueva
York, mostró para siempre su estilo.
“El sexto sentido que había
conservado Oscar England en sus oscuros treinta y cuatro años de vida le falló
ayer. Un paso más en la estación de Union Square y la vida se le escapó entre
un tren expreso con destino al Norte y la plataforma de hormigón del andén.”
La clase de escritura que exhibió
Meyer Berger parece haber caído en desgracia. Antes, a eso, se le llamaba
periodismo. Conviene recordarlo.
Por Maríano Schuster
@schusmariano
Jefe de Redacción de la Vanguardia Digital