Diez razones por las que vale estudiar Periodismo
Es una profesión maravillosamente estresante, no siempre bien
remunerada y muchas veces incomprendida. Sin embargo, sobran motivos para
convertirla en una pasión de multitudes.
¡Encontrá las tuyas!
1. Porque siempre será necesario gestionar información
La información no va a parar de crecer: siempre serán
necesarios sus gestores. Los periodistas no son más que un tipo de gestor, como
los bibliotecarios, los archiveros, los analistas o los profesores. Al igual
que ellos, deben ser capaces de localizar rápidamente el dato significativo.
Recubrirlo de discurso. Saber interpretarlo.
2. Porque a veces la vocación no se elige
No es tan frecuente como uno se imagina, pero hay quien
atesora una fuerte vocación mediática. Hay quien desde siempre ha deseado ser
periodista. En esos casos no hay nada que hacer: no tiene ningún sentido
quedarse encerrado en el armario. Sal de él. Sé periodista. Pero ten claro que
la licenciatura en Periodismo, el máster, el doctorado, ni siquiera el trabajo
en una de las últimas redacciones —cual último mohicano— serán suficientes. El
periodismo es un modo de mirar el mundo, de sonsacarlo, de elaborarlo
narrativamente, de transmitirlo. Puede ser su contenedor, pero no su contenido.
De manera que tienes que formarte, al mismo tiempo, en otros ámbitos. Leer,
ver, visitar, pensar. Economía, derecho, sociología, humanidades, cine,
televisión, viajes. El periodismo le dará herramientas narrativas a tu mirada,
pero serás tú quien la llenará del conocimiento que te permita domesticar la
infinita información.
3. Porque existen Mongolia y Orsai
No te hagas ilusiones, lo más probable es que no te den
trabajo. O que cuando termines la carrera o la reorientación laboral hayan
dejado de existir (y en cambio pervivan diarios centenarios). Lo que importa es
que demuestran que otro mundo es posible: precisamente tu mundo. Un mundo en
que la firma ha sido sustituida por la marca. En que los contratos indefinidos
se han transformado en colaboraciones freelance. En que el periodista es
también comisario, profesor, bloguero, DJ. En que casi todo tiene que
recrearse, repensarse, reimaginarse. En que las hemerotecas se han vuelto
virtuales. En que las grandes cabeceras se atomizan en un sistema solar de
micromedios. En que el periodista se inserta en una dimensión superior, la de
la comunicación, que a su vez forma parte de la supergalaxia de la circulación
informativa. Es difícil pensar hoy en día en campos acotados, en cotos de caza:
incluso las revistas independientes son también editoriales, foros, puntos de
encuentro, hasta pizzerías; sobre todo: comunidades. Antes era posible lanzar
al mercado una nueva revista y construir después un público. Ahora es preciso
crear primero un círculo de cómplices, que con el tiempo se vuelva campamento
del salvaje oeste, ciudad circular en tierra de nadie, satélite, planeta. La
esfera en cuyo corazón después se instalará el medio informativo, como antaño
lo hacía el televisor en el centro del salón.
4. Porque estamos viviendo la gran explosión del dato
Una de las consecuencias más difíciles de predecir del 11-S
ha sido la eclosión del Big Data, es decir, de la gestión de monstruosas
cantidades de datos. Una vez más han sido los servicios de inteligencia y la
industria militar quienes han impulsado lo que llamamos el avance humano. Las
ingentes, casi ingobernables cantidades de información que acumulan los
ordenadores precisan de intérpretes. Los analistas deberían comenzar a
fusionarse con los periodistas para construir, a partir del Big Data, lo único
que puede dotar de sentido tal magnitud informativa: Big Narratives. Si en 1999
Mark Kurlansky publicó Bacalao: biografía del pez que cambió el mundo, un
recorrido por cómo la pesca de bancos de bacalao o la evolución de sus técnicas
de conservación generaron cambios geopolíticos de primera magnitud, no sería de
extrañar que dentro de algunas décadas aparezca un libro que se titule: Cómo
los bancos de datos cambiaron el mundo, una vez más. El periodista como
pescador de altura: no está mal la metáfora, habrá que afilarla.
5. Porque todos tenemos alma de hacker
Se me ocurren pocos impulsos tan humanos como el que nos
precipita en el abismo del chisme. Cotillear, chafardear, poner verde al vecino
o a la celebrity: intercambiar información —a veces contrastada y otras no—. Si
el periodista tiene que aliarse con el analista (o transformarse en él), no hay
duda de que también hace buena pareja con el hacker. Solo hay que echarle un
vistazo a las series de televisión o a los periódicos: el nerd, el geek o el
friki son personajes cómicos, pero el hacker es un personaje trágico, uno de
los grandes héroes o antihéroes de nuestra época. No hace falta ser Julian
Assange, no hace falta ni siquiera vulnerar la ley, solamente sumarle a la
formación estadística y a la capacidad de observar arcos narrativos algunas
nociones de búsqueda de datos a través de computadoras y redes. Cuantas más,
mejor. Digamos: el periodista como un hacker legal. El periodista informático.
6. Porque está por reinventar la figura del periodista
En el imaginario colectivo el periodista todavía se vincula
con la redacción. Pero ese es solo uno de sus espacios posibles. El hogar se
convierte en laboratorio, en taller, en superficie de posproducción. Los
frentes en los que se multiplican las posibilidades del artista de lo real son
múltiples. Algunos podrían ser: el transmedia (Malvinas 30), el arte
contemporáneo como práctica documental o histórica (El Camp de la Bota, de
Francesc Abad), el periodismo en viñetas (Joe Sacco), la inteligencia colectiva
(Wikipedia), el desarrollo de programas estadísticos, la escritura de novelas
de no ficción (Emmanuel Carrère) o la producción de juegos. Los newsgames nos
obligan a pensar lo real a través de la interacción y de la reflexión: ¿quién
le iba a decir a tu madre que su hijo iba a ejercer el periodismo diseñando
videojuegos?
7. Porque el periodismo está en casi todas partes pero no
obstante…
Estamos en tiempos de hazlo tú mismo y de amateurs que se
convierten en profesionales a golpe de visitas de blog, de retuiteos o de
visionados de Youtube. Pero la técnica, la artesanía no siempre puede
aprenderse intuitivamente. Y, sobre todo, solo puede mejorarse, perfeccionarse
gracias a la práctica crítica y al estudio. Estudiar Periodismo es obligarse a
una disciplina de aprendizaje, de lectura, de evaluación. Para que después,
durante toda tu vida, ya puedas aprender, leer y evaluarte por tu cuenta. Ese
impulso es necesario, para luego interiorizar la inercia. Porque sin esa
energía interna que te impulsa hacia adelante (aunque en el horizonte haya un
barranco), al ritmo de las zancadas del presente, la realidad y sus noticias
dejarían de interesarte. Y sería el fin.
8. Porque siempre nacerán nuevos hobbies, nuevas pasiones,
nuevas tendencias
No se me ocurre palabra más precisa para nombrar a la
«tendencia» que la palabra «tendencia». Tecnológicos, artísticos, profesionales
o sociales, constantemente surgen nuevos modos de relacionarse con aquello que
nos hace humanos: la moda, la ciudad, los territorios, la imaginación, los
otros. Entre las muchísimas utilidades del periodismo está la de justificar tu
adicción, tu afición, tu pasión. Ya sea en un blog, en una revista, en un
programa de radio o en un diario, si te conviertes en un auténtico erudito en
un lenguaje o una práctica que acaba de empezar a desarrollarse y que, por
tanto, todavía no cuenta con expertos, no hay duda de que podrás generar
discurso periodístico en ese ámbito. Por supuesto es más difícil conseguirlo en
disciplinas y temas que se consideren clásicos. Pero eso no debería abocar al
desánimo. Al fin y al cabo, el propio periodismo ya es una práctica y un área
de conocimiento con varios siglos de tradición.
9. Porque algo hay que estudiar
Arquitectura no porque no se construye obra nueva. Derecho
no, porque sobran abogados y no se convocan plazas de jueces. Medicina y
Magisterio tampoco, porque se está recortando en sanidad y en educación.
¿Entonces? Parecía que invertir en formación en nuevas fuentes de energía
resultaba conveniente, pero el sector no acaba de arrancar. ¿Qué queremos, que
toda una generación estudie Informática y Gastronomía? ¿Qué haremos con una
generación entera de programadores y cocineros? A diferencia de los estudios
absolutamente técnicos, con una proyección laboral muy definida, el periodismo
y la comunicación audiovisual (maldito el día que los separaron), como las
matemáticas o las humanidades, deberían educar sobre todo metodologías de
análisis y de formulación, de observación y de relato. Conocimientos de
adaptación a todo tipo de medios.
10. Porque merece la pena sentirse parte de una noble tradición
En La banda que escribía torcido, la imprescindible historia
del Nuevo Periodismo firmada por Marc Weingarten y publicada por Libros del
K.O., encontramos múltiples ejemplos de cómo el periodismo —como cualquier otra
tradición intelectual— se construye como una sucesión de artesanos que aprenden
de otros artesanos, de maestros y discípulos, de referentes clásicos y de
nuevos faros contemporáneos. Sobre Joan Didion, leemos: «ahorró suficiente
dinero para comprarse una máquina de escribir Olivetti Lettera 22; aprendió por
sí misma a unir frases reescribiendo a máquina los pasajes de sus libros
favoritos». ¿Cuáles serían esos maestros, nuestro favoritos? ¿Quieres más a
mamá o a papá? ¿Eres del Barça o del Madrid?¿De ambos, de todos, de alguno, de
ninguno? Unos son más de Hunter S. Thompson o de Norman Mailer; otros, en
cambio, admiran a Josep Pla o a Manuel Vázquez Montalbán. Hay quien reivindica
los reportajes de Gabriel García Márquez o de Rodolfo Walsh; y quien va más
atrás, a Nellie Bly o a Daniel Defoe. Pero sobre todo están los periodistas
casi anónimos, nuestros primeros jefes, los primeros que editaron textos
nuestros, los profesores de la facultad, el redactor del semanario de nuestro
pueblo, el chico de segundo de bachillerato que dirigía la revista del
instituto y que nos pidió una crónica o un cómic. Todos los autores de todos
los textos que hemos leído a lo largo y ancho de nuestras vidas. Todo eso forma
una maraña. Una tradición polimorfa de la que vale la pena sentirse parte. O
simplemente una banda: las de quienes escribimos torcido. No somos gente
especialmente recomendable, pero nos gusta nuestro oficio y creemos en él. ¿Te
unes al club?